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Tres madres rivenses cuentan cómo sufren la migración de sus hijos hacia Estados Unidos


Tres rostros con una historia en común el dolor de ver migrar a sus hijos buscando mejor vida.

Por: Redacción Intertextual/ contacto@intertextualcr.com


Guillermina, Pastora y María Jerónima viven en Rivas, pero no se conocen de nada, aunque comparten la misma historia. Las tres han sufrido la inmigración de sus hijos hacia los Estados Unidos, y las tres han tenido que sobrevivir al síndrome del nido vacío.


Las madres que comparten sus historias con Intertextual, coinciden que su sufrimiento es igual que el de miles de madres y familiares de personas que han decidido salir del país, buscando una mejor vida.


En este reportaje las rivenses recuerdan los días y las noches de angustias que pasaron durante el viaje de sus hijos, las amenazas a la que estos estuvieron expuestos durante el camino, la zozobra al momento de cruzar el Río Bravo, y la incertidumbre de no saber si estaban vivos o muertos.


“Yo nunca había sentido la ausencia de un hijo” Guillermina Bustos (74 años)


Doña Guillermina Bustos, nunca había sentido la ausencia de un hijo, hasta en enero del 2022. Su familia es muy numerosa, y desde siempre han estado acostumbrados a vivir en una misma casa, junto a su marido, hijos, nueras y nietos.


Guillermina ha visto partir a dos de sus hijos y un nieto.

En su vivienda, ubicada en las afueras del municipio de Rivas es costumbre darse los buenos días, entre el corre y corre de una mañana en el que se cruzan en la casa, los chavalos que van al colegio, las mujeres que preparan la comida para sus pequeños, y sus parejas que se alistan para irse al trabajo.


Así era la vida de doña Guillermina hasta que en enero de este año, uno de sus hijos le comunicó que se iba mojado para los Estados Unidos.

━“Yo viví la partida de mi hijo fatal, fatal… (llora). Era parte de mi vida. Aquí vivía con nosotros. Nosotros éramos muy unidos, y nunca nos habíamos despegados como familia.

Fue el primero que se me fue lejos, después se fue el menor. Al comienzo hablamos diarios, pero desde que pasó para el lado de México pasaron 7 días que no se comunicaba.


¿Cómo sobre llevar la partida de un hijo al verlo migrar?


━Me sentía fatal. Yo lloraba, no dormía, vivía angustiada, decía: qué me le estará pasando a mi hijo, pero después me llamó, y me dijo que estaba bien, que no nos preocupáramos.


"Cuando iban a pasar el rio, me fui a doblar mis rodillas y a ponérselo en manos de nuestro señor Jesucristo. Me desesperaba ver tantas cosas, pero por suerte pasó bien y en Migración solo estuvo cuatro días y después salió” relata doña Guillermina, mientras seca las lágrimas de su rostro.


Sin embargo, la angustia y la desesperación de esta rivense continúo en las siguientes semanas y con mayor intensidad. Su hijo menor y su nieto, habían tomado también la decisión de irse de Nicaragua. al igual que otra gente de su barrio.


━“Yo nunca acepté que se fueran. Yo les decía, aquí aunque sea guineo con sal comemos, pero no se muevan. Yo estuve allá y la vida de los Estados Unidos es muy dura, nadie me la puede pintar bien, porque yo la viví, y yo todo eso se los puse sobre la mesa. Con el viaje del menor casi me muero. Y lo sentí más, porque ya lo había sentido con el primero, y una madre nunca está tranquila. Con este fue peor, porque se iban tres de la misma familia, fue horrible ( llora)… doloroso” comenta doña Guillermina.


El viaje de este último hijo de doña Guillermina fue más complicado porque tardó casi tres meses en llegar, y la desesperanza y el miedo a la deportación estaban en el ambiente, sin embargo, salió y ahora está trabajando junto a su hermano, y el resto de familia en Washington Estados Unidos.


“Cuando iban a pasar el río pasé toda la noche sin dormir”. María Jerónima Ibarra (50 años)


Jeronima aún llora la ausencia de sus hijos y su nuera.

Una de las cosas que más resiente María Jerónima Ibarra del viaje de sus hijos hacia los Estados Unidos, es que siempre que ella regresaba a su casa de habitación, después de trabajar vendiendo rosquillas en la frontera de Peñas Blancas, le esperaban sus hijos para hablar de cómo les había ido el día, y ahora ya no están, para sus platicas.


"El menor se fue hace ya seis meses, y el otro lo hizo semanas después, junto a la esposa del primero", relata la madre con lagrimas en los ojos.

¿Sufren en silencio la partida de sus hijos?


━ Me sentí muy triste, muy preocupada, porque no sabía a donde iba mi hijo y cómo iba estar. Yo se lo puse al Señor para que los guardara, que hiciera la obra, para que pudiera vivir una vida mejor. Lo más duro fue no saber lo que le estaba pasando a él y si estaba sufriendo. Es una cosa que solo las madres lo podemos explicar.


"Cuando iban a cruzar el rio, pasé toda la noche sin dormir junto a mi esposo. Le pedimos a Dios, que nos ayudara mucho, porque ya no soportábamos tanta angustia”, cuenta Ibarra, entre sollozos, quien asegura que su hijo le llamaba diario, pero cuando llegó al albergue tenía poca comunicación con él, pero sabía que estaba bien.


Dice que esos sentimientos de vacío lo experimentó también su marido, quien después de la partida de sus hijos se sentía muy solo, y quien ha sabido soportar al igual que ella, los designios de Dios, pues a diario le pedían fuerza para seguir adelante.


“Nunca me he acostumbrado a que mis hijos se fueran” Pastora Rayos (54 años).


A los hijos de doña Pastora Rayos el viaje a los Estados Unidos les costó mucho dinero, y mucho dolor. Primero, porque a uno de ellos los estafaron los coyotes en Guatemala, por lo que tuvo que regresarse a Nicaragua, y luego hacer de nuevo el viaje. El segundo pasó ingresado con coronavirus en el albergue durante varios días, sin que ella supiera, si su hijo estaba vivo, o muerto.


Pastora ya vió partir a dos de sus hijos y aún lamenta los días amargos del transcurso al "sueño americano"

“El primero de mis hijos se fue en abril, lo estafaron los coyotes en Guatemala, pero él insistió. Después de lo que le pasó, yo le decía que nunca más se le ocurriera decir, me voy, pero cuando los hijos crecen, ya uno no los puede detener.

El viaje de mi primer hijo fue maravilloso. Tardó 15 días en llegar a los Estados Unidos. Me lo trataron bien, estuvo bien protegido y guardado, aunque dice que cuando se montan en los vehículos de los coyotes, y te persigue la Policía, es como estar dentro de una película.


━Mi hijo mayor se comunicaba con mi hijo menor y le decía: Yo te digo que no te vengas, porque ese camino es duro, y vas a pasar tantas cosas, tantas experiencias y es mejor no moverse, aunque si te decidís venir, yo te voy a ayudar.


Yo le decía, hijo no le sigas diciendo eso a tu hermano, porque yo ya no quiero que se vayan , yo voy a quedarme sola. Mirá que mi hijo menor es el que me ayuda, me acompaña, y el que está conmigo, pero él me dice: Mamá, yo ya no puedo estar aquí, yo tengo que darle de comer a mi hija, yo quiero darle una vida mejor” recuerda doña Pastora quien aseguró que días más tarde vendría las angustias más grande que le tocado vivir por el viaje de sus hijos.


¿Es el desapego una estocada en el alma de las madres?

━ Fue muy durísimo porque él era el que me iba a hacerme todas mis cosas, y entonces fue lo más triste, y lo más terrible que pudo pasar en mi vida… ( llora ). El viaje de mi hijo menor fue más duro aun, muy difícil, no fue como el del mayor porque pasó varias circunstancias en el camino.


Dice que lo siguió la Policía, que había gente que los estaba esperando para robarles, que hubo un tiempo en el que no comió tres días y que dormía en el monte… ( sigue llorando).

Cuando llegó a migración ya no pude comunicarme con él. Pasé 18 días incomunicada sin saber nada de él. Sus amigos salieron y él nada. Yo les preguntaba desesperadamente: Qué había pasado con mi hijo, y ellos me dijeron que supuestamente le había dado coronavirus y que estaba ahí. Lloraba pensaba en que se iba a morir y no lo iba a volver a ver”, recuerda Rayo.


Cuenta que estaba tan desesperada que todos los días le decía: Señor dónde está mi hijo, y que en uno de esos días, sonó el teléfono y era él para decirle que ya había salido.

“Fue tan bello y precioso saber que mi hijo estaba con vida, y sobre todo, saber que le habían atendido bien y que iba en busca de cumplir sus sueños, aunque yo no estuviese de acuerdo con ese viaje” relata doña Pastora junto a su marido y a otros de sus hijos que se quedó en Nicaragua.