Opinión: El feminismo bastardo me salvo la vida. otra vez

27/03/2026.

Por: Claudia Vargas.


– Sostenerse en medio del dolor, la violencia y el duelo no es una hazaña individual ni un ejercicio de resiliencia romántica. Es una práctica política colectiva. En mi experiencia, el “feminismo bastardo” —ese que nace del cuerpo y no de la academia— ha sido una brújula para transformar la experiencia vivida en lenguaje, red y acción. Y eso, una y otra vez, a mí y a más de una, nos ha salvado la vida.

En diciembre de 2022 llegó a mis manos una joya: Feminismo bastardo, de María Galindo. Para mí —que siempre he cuestionado el feminismo, que le hacía preguntas y no encontraba respuestas— ese libro me dio guía, ese libro me las dio. Estaban ahí, en letras y palabras, pero no venían de afuera: mi cuerpo y mi historia ya las habían escrito.

Comprendí entonces algo fundamental. El primer libro de feminismo que muchas leemos es el de nuestro cuerpo. Un libro que se escribe sin conciencia política, muchas veces enlazado a las historias de otras mujeres que nos maternan o cuidan. No es intuición banal; es una forma temprana de lectura del mundo. Una sensibilidad afinada por la necesidad de sobrevivir.

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Un estudio global reciente señala que alrededor del 58 % de las mujeres se declara feminista. Sin embargo, no existe un dato que mida cuántas de nosotras llegamos al feminismo desde la práctica corporal y la experiencia, porque ese tipo de trayectorias no suelen ser capturadas por los estudios cuantitativos.

Y no todas llegamos al feminismo por los libros o por las teorías. No todas tenemos el privilegio de acceder a ellos y, muchas veces, esas teorías no dialogan con nuestras trayectorias de vida. Muchas llegamos porque el cuerpo aprendió antes que la teoría. Porque hubo que leer el peligro a edades tempranas, incluso antes de saber leer. Porque hubo lugares, gestos y silencios que entendimos sin nombre, pero con una claridad urgente: había que sobrevivir.

Desde muy pequeñas, muchas mujeres conectamos con un lenguaje no escrito. Un lenguaje de alerta, de lectura del entorno, de estrategias para estar a salvo. Aprendemos a leer situaciones, tonos de voz, movimientos y entornos; a poner límites sin saber aún que eso era poner límites; a decir “no”, incluso cuando la voz y el cuerpo tiemblan. Durante mucho tiempo no lo llamamos feminismo. Lo llamamos instinto.

María Galindo nombra este recorrido como feminismo bastardo —en su libro del mismo nombre—, ese que no nace en la academia ni “baja” a la vida, sino que emerge desde la experiencia corporal, desde las violencias vividas, desde la rabia y la ternura que se convierten en pensamiento y acción. Un feminismo que no se elige primero como identidad política, sino que se ejerce como práctica de sobrevivencia.

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Muchas crecimos así. Leyendo riesgos. Creando territorios propios. Inventando espacios seguros. Asimilando, incluso desde niñas, que no todos los lugares ni todas las personas —a veces ni siquiera la familia— merecen acceso a nosotras. Aprendiendo a cuidarnos, muchas veces sin saber que eso también era una forma de lucha.

Con el tiempo, la vida siguió enseñando. Las primeras relaciones afectivas, los vínculos que prometían cuidado y entregaron control; los celos, las infidelidades; las violencias que se camuflan bajo la idea de amor; los pactos que se rompen y los límites que se cruzan. Y otra vez sintiendo. Y otra vez la necesidad de nombrar lo que duele para entender. Ahí se vuelve evidente algo crucial. La base de cualquier vínculo es el amor propio, y la fidelidad y la lealtad comienzan siempre en, y para, una misma.

En ese camino aparece el feminismo como algo decisivo. Lenguaje y teoría. Lenguaje para nombrar; teoría para comprender que las violencias no son hechos aislados, sino estructuras. Para entender que lo que parecía personal era profundamente político. Que palabras como machismo, patriarcado o desigualdad no inventan el dolor, sino que lo hacen visible, comprensible y compartible.

La universidad —para las que fuimos—, los libros y las teorías feministas llegaron después para algunas de nosotras. Y ahí aprendimos también otra verdad incómoda: estamos marcadas por la desigualdad y los privilegios. No llegaron para explicar lo que no sabíamos, sino para confirmar que no estábamos equivocadas y tampoco solas. Que aquello que el cuerpo había leído durante años tenía sentido colectivo, histórico y ahora voz política.

Politizar la experiencia corporal no es un ejercicio intelectual, es una forma de sostener la vida. Aún cuando no sabemos que lo hacemos, es comprender que el cuerpo no solo recuerda, produce conocimiento. Que la experiencia no se queda atrapada en el dolor cuando encuentra palabra, comunidad y sentido. Que absorber lo vivido, decantarlo y resignificarlo es una forma de resistencia cotidiana.

En la infancia, en la adolescencia y en la adultez, muchas aprendimos que la calle no era igual para todas. Que había permisos, horarios y miedos distintos. Mientras algunos ocupaban el espacio público con naturalidad, otras aprendíamos a medir cada paso, rutas, horas y compañía. Frente a eso no solo hubo miedo. Hubo creatividad política. Con amigas inventamos códigos, estrategias de protección, formas de caminar juntas, de cuidarnos, de leer el entorno. Inventamos lenguajes compartidos.

Eso también es feminismo.

Feminismo bastardo.

No porque lo hayamos llamado así en ese momento, sino porque ahí ya se estaba gestando una ética del cuidado, del límite y de la autonomía. Un saber colectivo que se transmite de cuerpo en cuerpo, de historia en historia. Ya estábamos viviendo, en carne propia, lo que luego nombramos sororidad.

Por eso, cuando hoy se nos pregunta cómo seguimos de pie —en medio del dolor, de la violencia, de la pérdida y de contextos hostiles—, la respuesta no está en la fortaleza individual ni en la romantización de la resiliencia, menos aún en el positivismo tóxico que promueve el coaching de vida. No estamos de pie porque seamos invencibles. Estamos de pie porque aprendimos que no estamos solas.

El feminismo —ese feminismo bastardo— no nos salvó del dolor ni borró lo ocurrido. Pero nos dio algo fundamental. Herramientas para no quedarnos atrapadas en él. Nos dio palabras para nombrar y comunidad para sostener. Nos enseñó a convertir la herida en memoria y la voz en acción colectiva. Nos dijo que lo personal es profundamente político.

Agradezco al feminismo que me enseñó a politizar la voz y el cuerpo, a transformar el dolor en poder político —no solo el de hoy, sino el de nuestras historias enlazadas entre sí—.

Agradezco al feminismo, mi brújula, que me enseñó a nombrar aquello que sabía y sentía, y a sincronizar historia y voz para que comuniquen al unísono. Entendí que en esa historia resignificada radica nuestro poder.

Hoy escribo desde un presente atravesado por el duelo. No como una experiencia aislada ni exclusivamente personal, sino como una vivencia situada en una trama colectiva de dictadura. Un duelo político, de esos que no se lloran en silencio porque tienen eco, porque están hechos de injusticias que buscan enviar mensajes que nuestros cuerpos ya reconocen y que intentan hundirnos en el miedo y el silencio.

En este tiempo, el feminismo bastardo me salvó la vida.

Otra vez. Y estoy segura de que no solo a mí. Lo hace cada vez que transformamos el dolor en lenguaje, el aislamiento en red y la pérdida en acción política.

No lo hizo prometiendo consuelo fácil ni superación rápida. Lo hizo devolviéndonos al cuerpo —emocional y político— y recordándonos que el dolor no tiene por qué aislarnos, que puede ser acompañado, sostenido y resignificado.

Hoy puedo decir que estoy de pie, porque nos mantienen de pie las redes que hemos tejido en el exilio; las experiencias políticas compartidas con otras mujeres desplazadas, perseguidas y expulsadas de sus territorios; las mentorías entre mujeres como acto radical de cuidado y transmisión de saber. Nos sostienen los pilares de la protección y la seguridad humana feminista que construimos desde abajo: espacios seguros, redes de confianza, cuidados colectivos, alertas compartidas, círculos feministas, arte expresivo, abrazos y besos que también son estrategia política.

Nos sostiene saber que no caminamos solas. Que llevamos duelos y luchas compartidas. Que nuestras historias se entrelazan y se abrazan y que, en ese abrazo, el dolor pierde su carácter paralizante.

Politizar el duelo no es instrumentalizar el dolor. Es negarse a que la pérdida nos inmovilice o nos silencie; es permitirnos volver a respirar dentro de una trama colectiva que da sentido, dirección y propósito. Hoy, transformar el duelo en acción política no es una consigna más: es una necesidad vital.

Es vivir la memoria del cuerpo y volver, una y otra vez, al feminismo bastardo; ese que no ofrece recetas, pero sí comunidad; que no borra la herida, pero le ofrece ternura; que no romantiza el sufrimiento, pero se niega a dejarnos solas mientras lo transitamos. Por eso hoy puedo decirlo con claridad: el feminismo me salvó la vida una vez. Y al nombrarlo, sé que no fue solo a mí. Nos la vuelve a salvar ahora, manteniéndonos de pie, sosteniéndonos desde lo colectivo, desde lo político y desde cuerpos que siguen apostando por la vida, reverdeciendo incluso en medio del duelo.

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