A bordo de un bus ruso: un eterno mal servicio del transporte público en la capital de Nicaragua

Nada cambia con los nuevos buses rusos que circulan en la capital. La gente sigue viajando hacinada y sometida al mal carácter, poca voluntad y pésimo servicio de los conductores de las cooperativas sandinistas del transporte urbano colectivo.

Por: Voces en Libertad/ contacto@intertextualcr.com


Managua. Allá por la Leche Agria La Racachaca, Altagracia, el conductor deja pasar la luz verde en el carril izquierdo y le importa poco los bocinazos detrás. Son casi las 4:00 de la tarde y el tráfico empieza a ponerse lento en Managua.

Pero a él no le importa. Espera pacientemente la luz roja y pone freno de emergencia.

Entonces del otro lado de la calle, corriendo, se acerca una mujer joven que vende frutas y le entrega una bolsa de mandarinas y una bolsita de tajadas de plátano. Él pide sal y vinagre. Bromea par de cosas y paga con un billete.

La mujer no encuentra sencillo para el vuelto y regresa corriendo al otro lado de la calle a pedirle cambio a una adolescente que carga una bandeja de frutas.

La luz roja cede a verde otra vez y la marea de vehículos impide que la vendedora regrese a tiempo; los bocinazos afuera y los reclamos a gritos adentro no se dejan esperar porque, otra vez, el conductor de la nueva unidad rusa de la ruta 113, se detuvo a matar los antojos vespertinos de frutas y chiverías.

“Apurate gran animal que no tenemos tu tiempo”, le frita furiosa una doña de delantal y venta de lotería. Otros se quejan menos agresivos: “muerto de hambre el jodido, nos está atrasando”.

El aludido, curtido quizás en la sorda habilidad de no escuchar reclamos, arranca lentamente mientras va masticando y apenas alza la vista por el retrovisor sin gesto alguno de preocupación cuando alguien le grita “apura esta mierda”.

Avanzará a baja revoluciones unas cuadras más, pero unos 10 o 12 minutos después con el tráfico ya más denso, meterá cambios rápidos a la marcha y frenará bruscamente, se detendrá fuera de las bahías de estacionamiento y se lanzará impunemente varios semáforos en rojo hasta volver a estacionarse, fresco otra vez a matar el tiempo, en Plaza Inter.

Nada ha cambiado en el servicio de transporte

Animados por la propaganda sandinista que proclama ruidosamente que la llegada de 150 buses rusos al transporte significa “una dignificación del transporte del pueblo” y “y una modernización del servicio de transporte público”, usamos los nuevos buses para experimentar si había cambios en la conducta de los choferes de las nuevas unidades.

Durante tres días, en cuatro rutas distintas y en variedad de horarios, usamos los nuevos buses rusos que ya circulan por Managua y otros municipios del país y no encontramos novedad en el servicio: sigue siendo pésimo en atención al cliente y tan mal conducidos, que pronto lucirán igual de destartalados que los otros buses rusos que hasta se han incendiados en las calles de la capital.

El pasado 31 de enero Daniel Ortega entregó en plaza pública 150 buses rusos a las cooperativas sandinistas que mal manejan el servicio de transporte público del país, con subsidios y beneficios del estado para mantener el costo del servicio en 2.5 córdobas en Managua.

Estaban aplaudiendo Danilo Sánchez, director general de la Unión Regional de Cooperativa del Transporte Colectivo (Urecotraco), 28 presidentes de cooperativas de transporte y más de 150 transportistas socios de todo el país, junto a Ortega, miembros del Ministerio de Transporte y delegados rusos de la Fábrica GAZ, que brinda el respaldo técnico a la flota de autobuses rusos en Nicaragua.

Aquellos años turbulentos de oposición sandinista

Fiel a su discurso de improvisaciones, lagunas y desvaríos en el tiempo, Ortega hizo un lento recorrido histórico de las compras de buses rusos durante la primera dictadura sandinista (1979-1990) y la segunda que empezó en 2007 y que hoy lleva ya 16 años de poder ininterrumpido.

Por supuesto, el Ortega celebró el apoyo de Rusia en la adquisición de unidades de transporte y cuestionó la gestión de los gobiernos democráticos de 1990 a 2006.

Y he aquí que en parte de su discurso elogió el apoyo de las cooperativas de transporte en ese período, cuando entonces el Frente Sandinista era oposición y los buseros actuaban como instrumentos de desorden político y social con huelgas, asonadas, protestas y paros de transporte que afectaban a decenas de miles de capitalinos en aquellos turbulentos años cuando Ortega “gobernaba” desde abajo.

“En los 16 años de gobiernos neoliberales, los transportistas, organizados, como habían quedado organizados, porque estaban bien organizados en el período del Gobierno Revolucionario, del 79 al 90, estaban bien organizados los transportistas, y con esa fuerza que les dejó la Revolución, con las empresas que lograron desarrollar, con las instalaciones que lograron defender, porque se las querían quitar, se las querían robar las empresas.

Recuerden ustedes las luchas que tuvieron y tuvimos que librar junto con los transportistas para defender ese derecho a que los transportistas tuvieran sus instalaciones”, recordó Ortega.

Los empresarios del transporte aplaudieron emocionados y esta pequeña escena y discurso revela por qué Ortega mantiene entregado el control del servicio de transporte público a las cooperativas sandinistas que, igual que en los años 90, mantienen el monopolio del servicio de transporte sin mejoras en la calidad y atención.

Un jugoso negocio millonario

Las cooperativas pasaron de administrar 835 unidades y transportar a 700 mil pasajeros por día a manejar 934 buses en 2022 para transportar a 900 mil personas al día en Managua, según datos del MTI a los medios oficialistas.

Es decir, manejan un jugoso negocio de al menos 2 millones 250 mil córdobas diarios, más subsidios en el costo del combustibles y exoneración en la compra de repuestos para sus unidades.

Por ello, quizás, no cuestionan las condiciones en que recibirán los nuevos buses rusos KAVZ-4238-61 que costaron 58,275 dólares cada uno en la planta rusa Gaz en Moscú, luego de la firma de un préstamo de 17 millones de dólares con el Eximbank de Rusia.

Se sabe, porque fue público, que los primeros buses que llegaron a Nicaragua en el 2009 fueron donados, pero la administración Ortega los vendió a las cooperativas de transporte por medio de la microfinanciera Caruna, caja chica entonces del régimen.

Ortega obligó a sus socios a pagar 300 dólares mensuales por cada bus, pero nunca reveló el plazo y la tasa de interés, por la política de secretismo con que administra el Estado la dictadura.

Los turbios negocios con Rusia

Lo poco que se sabe es que los nuevos buses tienen una capacidad para 40 personas “con piloto” incluido, una duración de vida útil de motor de ocho años o 300,000 kilómetros, no traen sistema de aire acondicionado y el inventario de 108 repuestos y asistencia técnica a los transportistas, se vende desde una empresa misteriosa de propiedad nacional.

Igual se sabe, porque ha sido público, que los penúltimos buses rusos llegaron en octubre de 2021, unas 500 nuevas unidades, fueron adquiridas por un préstamo de 19.85 millones de dólares al Estado de Nicaragua y se vendieron financiados a un plazo de 10 años a las cooperativas.

Muchos de ellos ya prendieron fuego por recalentamiento ya que son fabricados para el mercado ruso, donde el clima en invierno suele ser severo con fríos bajo cero grados, muy lejos del trópico nicaragüense que supera los 37 grados en verano.

Con manos de seda a las cooperativas

El trato oficial a los transportistas de las cooperativas sandinistas es con guantes de seda, a tal grado que el mismo Ortega les gritó vivas el 31 de enero y otros funcionarios menores se dirigen a ellos con un respeto que casi raya en la imploración, como Amaru Ramírez, viceministro del MTI, llamándolos a cuidar las nuevas unidades.

“Este es un doble compromiso que nace desde el dueño de la unidad, porque una unidad caída, es menos ingreso para las cooperativas y, por otro lado, el compromiso del usuario de cuidar la unidad en que sus hijos van al colegio, en que todos sus familiares se trasladan de un lado a otro, entonces es un doble compromiso, es importante recalcar que debemos de cuidar estas unidades”, dijo a un laxo periodista oficialista en un medio televisivo de la familia Ortega-Murillo.

No se sabe si los conductores de buses oyeron el tímido llamado de Ramírez, pero en tres días de servicio, en diversos horarios, condujeron en Managua a como lo han hecho desde que existen: a lo salvaje.

Como en el salvaje oeste, pero en Managua

Se detuvieron en donde les dio su regalada gana, fuera de las bahías de estacionamiento y obstaculizando el tránsito a cualquier hora.

Ya no usan altoparlantes desde que uno de ellos fue filmado y denunciado en redes sociales por ir escuchando a todo volumen música opositora. Desde entonces se rumora que policías de civil se suben infiltrados a las unidades a monitorear quién desobedece la orden, pero ello no impide que, en cada parada, cuando no van colgados de tiempo, se dediquen largos minutos a chatear o ver videos en sus celulares.

Luego, salen disparados al desmadre cotidiano: se tiraron varias veces la luz roja, en las rotondas entraron en los carriles que no debían y salieron por donde es prohibido, en ocasiones hicieron sus malas maniobras delante de policías de tránsito y no hubo repercusiones.

En las horas picos compitieron unos con otros en la guerra por captar pasajeros, se fueron contra la vía, no se detuvieron en las paradas que debían o se estacionaron cuadras antes o cuadras después.

Como siempre, no tuvieron suficiente sencillo en monedas y de facto el pasaje de 2.5 córdobas termina costando 3 córdobas porque casi nunca regresan 50 centavos de cambio.

Y lo más importante: no importa qué tan llenos vayan sus unidades o que la capacidad diga en ruso “40 pasajeros”, ellos siempre montaron mucha gente, hasta 60, quizás más. Nadie se atreve a contar la sobrecarga de sus unidades y el pueblo, apretujado, no tiene otra opción que acomodarse y gritarles en protesta una que otra frase hiriente.

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